As verdades do sofrimento

Una lección sobre el arte de la ficción
 
Alberto Manguel
        
 
Quizás hay ciertas formas narrativas que corresponden al espíritu de una época: la novela epistolar al siglo XVII, la saga balzaciana al XIX, la ficción que requiere la complicidad del lector, al XX. Si es así, sugiero que una de las formas elegidas por los escritores del siglo XXI para dar voz a nuestra época es la novela fragmentaria en la que, bajo la forma de cuentos individuales, los mismos personajes juegan, de fragmento en fragmento, roles mayores o menores. En los últimos años, La novia de Odessa de Edgardo Cozarinsky, Fama de Daniel Kehlmann y ahora Amor y obstáculos de Aleksandar Hemon son espléndidos ejemplos de este género.
 
Amor y obstáculos es la historia, en ocho cuentos, de un joven bosnio cuyo nombre va cambiando según los apodos que le dan los distintos personajes con los que se encuentra (Trabuquillo, Dirigent, Comando), sea en Kinshasa, en Sarajevo, en Hamilton, en Chicago. De historia en historia, van apareciendo sus rasgos: es un adolescente perdido en la noche africana; es un joven que escribe poesía y cuentos; es un muchachito que escucha a Led Zeppelin y lee a Rimbaud; es un vendedor ambulante de revistas norteamericanas que anhela un paraíso de mediocridad; es un inmigrante más de la comunidad exyugoslava en exilio, viviendo entre estafadores y mafiosos; es una nueva estrella literaria que llega a publicar en The New Yorker; es un estudiante de inglés en Chicago, cuyos padres están en Sarajevo y, en ciertos otros momentos, en Zaire y en Canadá; es un literato que se encuentra con escritores mayores y famosos, tanto bosnios como norteamericanos; es un jovencito inocente y también un hombre de mediana edad carcomido por la experiencia.
 
El proteico bosnio es como una suerte de testigo crítico de nuestro tiempo.
 
En el fondo de todos estos relatos está siempre la guerra, o el recuerdo de la guerra, evocada de cierta manera como un arquetipo literario, a través de anécdotas al parecer triviales, y por lo tanto más espantosas, o por medio de testimonios tergiversados, reconstruidos como ficción o como sueño. La guerra (de la ex-Yugoslavia o de Vietnam, por darle dos de sus nombres más recientes) aparece en la obra de Aleksandar Hemon como horriblemente presente y a la vez intemporal, como una encarnación de Troya, la guerra que es el trasfondo de todas nuestras vidas, tanto en Sarajevo destruida y rehabilitada como en América indiferente y codiciosa. Hay en la escritura de Hemon una furia apenas disimulada contra la imbecilidad y la fuerza bruta de todas nuestras sociedades, un sarcasmo a flor de piel que oculta una majestuosa indignación, similar a aquella que en la Edad Media se llamaba cólera justa.
 
Lo más extraordinario de este libro extraordinario es la habilidad y precisión con la que todo esto se enlaza, y que la prolija traducción de Damià Alou deja entrever. Hay una disimulada virtuosidad en la manera en la que Hemon teje y desteje su biografía ficticia con elementos (nos asegura la solapa) que corresponden a los de la vida del autor y otros muchos que pueden ser o no parte de su propio recorrido. El último cuento o capítulo, 'Las nobles verdades del sufrimiento', glorifica y denigra el valor de la experiencia vivida. 
 
El joven bosnio, que ya se ha hecho estadounidense, vuelve a su Sarajevo natal a visitar a sus padres y es invitado por la Embajada de Estados Unidos a festejar a un escritor norteamericano, Richard Macalister, que acaba de ganar el Premio Pulitzer. Por amor propio, por envidia, por generosidad, el joven se presta a ser el lazarillo de Macalister en Sarajevo, y hasta lo invita a comer en casa de su familia. Ante la estupefacción del joven, Macalister acepta. La comida resulta, para el joven, una pesadilla: la familia se comporta con incultura y brutalidad, el padre apabullando a Macalister con preguntas personales y obligándolo a tomar vino (Macalister es abstemio porque sufre de alcoholismo), la madre llenando su plato de comida grasosa (Macalister es vegetariano). 
 
Tiempo después, el joven lee la nueva novela de Macalister, que trata de un veterano de la guerra de Vietnam, y descubre azorado que aquella comida se ha transformado en la escena clave del libro. Pero todo ha sido deformado: ahora se trata de un soldado que visita a la familia de un compañero muerto; la hospitalidad de la madre adquiere un tono nefasto, el interrogatorio del padre (que en la realidad giraba en torno a la carrera literaria del joven) es ahora sobre la guerra, y el valor y coraje del hijo muerto. Todo ha sido utilizado para la alquimia de la narración, incluso detalles atrozmente íntimos, para describir no una banal visita turística sino la vida y la muerte de personas y civilizaciones. De pronto, con una última vuelta de tuerca, Hemon transforma un ejercicio de autobiografía literaria en una lección sobre el arte de la ficción, sobre la verdad de la mentira literaria, sobre la constante injusticia de toda guerra, sobre la constante injusticia (y redención) de la condición humana.
 
 
 
Alberto Manguel - Publicado em El País
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publicado por ardotempo às 14:56 | Comentar | Adicionar