Conto de Aldyr Garcia Schlee - em espanhol

El día en que el Papa fue a Melo
 
Aldyr Garcia Schlee
 
CUENTO II
(en castellano, este cuento se llamará SOLEDAD DE JESUS MARÍA; en portugués también, aunque sin el mismo alcance del significado)
 
 
 
 
SOLEDAD DE JESUS MARÍA
 
El día en que el Papa fue a Melo, desde temprano se oía el movimiento: un rumor sin fin, distinto de lo de las otras mañanas, y que no permitía identificar con seguridad si era de todos los autos y camiones y ómnibus que llegaban o si era de una poderosa máquina encendida quién sabe donde o una descomunal cascada tragándoselo a todo o el sordo tronar de una tormenta armándose a la distancia. Los ronquidos más próximos, de los motores, o — un poco más lejos — algunas bocinas, voces, tropel de caballos, un silbato, pasos allá afuera, gritos, una acelerada fuerte, los ruidos aumentando y disminuyendo en los oídos, las paredes y la casa toda como si temblasen de vez en cuando, como cuando pasaban gimiendo los gigantescos camiones cargados con bananas o con autos importados de Brasil.
 
Era como si el frigorífico funcionara y todos pasasen alegres para el trabajo en las viejas mañanas doradas de sol. Venían todos en bandadas coloridas con sus botas blancas — la sirena sonaba a las siete — ; los lecheros pasaban con sus carros, pasaban las jardineras de las panaderías, los soldados a caballo, peones, empleadas domésticas, gente de comercio, todos con sus ropas, sus sonrisas y sus adioses.
 
¡Hola compadre! ¡Adiós! ¿Cómo le va?
 
Los rostros sonrosados, los ojos brillantes, las manos diciendo cosas. El camino vecinal recién abierto en el pasto verde del campo, para servir a las casitas iguales, las viviendas donde cada uno trataba de arreglarse y se acomodaba como podía entre las paredes de ladrillos sin revoque, en el suelo grisáceo de cemento, bajo los tejados negros de cartón alquitranado.
 
Las casas sombrías quedaron atrás y fueron ganando colores, una allí, otra aquí: paredes blancas, flores en las ventanas, puertas azules, rosales, gatas mariposa, banderas de fútbol, retratos de casamiento, colchas, sofá-camas, limoneros cargados, gallineros, ropas en la cuerda... Pero el frigorífico nunca pasó de una esperanza de olvidar el esqueleto abandonado del Saladero María Elizonda, las varas para el charque abandonadas y vacías en los campos amarillentos, 13.600 reses muertas para vender 1.000 toneladas de tasajo y dar ocupación a una 300 personas...
 
A fin de cuentas, cuando se iba de mal en peor, cargaron camiones y camiones con una partida de charque no exportada y la tiraron a los chanchos. Jesús María se acuerda: vio todo. Jesús María era un gurí cuando empezó a trabajar en la charqueada. Ahora, al levantarse de la cama, el día en que el Papa fue a Meló, siente en las manos y en los pies las marcas que la sal gruesa le dejara para siempre, callos de dolor ardiente de la piel marchita y blanca, de las grietas, de las heridas que se abrían como bocas, de los días sin remedio y sin sueldo.
 
Jesús María extiende la mano y enciende la radio: "...que estaremos presentes y seguiremos sus palabras por la TV y la radio... La Voz de Melo, con todo el pueblo de esta ciudad y de este departamento, se complace en unirse a la voz de todo el pueblo uruguayo y decirle con toda emoción: ¡Bienvenido Juan Pablo Segundo! ¡Bienvenido, Mensajero de la Paz!".
 
Las calles ya deben estar llenas de gente. Pero es temprano aún: hay tiempo para cebar un mate, para matear un poco mientras las gentes se atropellan y arman un fragor de maquinarias, de cascadas, de truenos que algunas veces hasta hacen estremecer las paredes de la casa, entre los sones tan claros y tan conocidos de un perro asustado, de un gallo tardío, de una vecina alegre. Jesús María va hasta la ventana, en busca de otras mañanas; en busca, por lo menos, del ladrido del perro asustado, del cantar del gallo, de la risotada de la vecina.
 
Está muy, muy frío. Se siente en la humedad el cielo nuboso, el sol ausente, la cerrazón que a todo domina.
 
Alguien dice: "¡Buenas, Jesús María!"
 
Pasa un niño llorando; Jesús María dice: "¡Buenas!" (pasa todo el mundo frente a su ventana, camino a la explanada de la Concordia).
 
"...Más allá de lo que significa la figura de un Sumo Pontífice para los hombres de fe, Juan Pablo II sobresale de una manera especial entre todos los personajes del presente por su continua lucha por el bien común, por la paz mundial, por la justicia entre los hombres y los pueblos", dice la radio.
 
Alguien dice: "¡Hola Jesús María!" Y le contesta él: "¡Hola, Soledad!"
 
Soledad se ríe. Ríe, pregunta si no va él a ver al Papa; y se ríe. Es la vecina que siempre está riendo. Jesús María compone el pecho y dice apenas: bueno. Entonces, si no llega a hacerse un silencio entre ambos es por culpa de los ruidos de la calle. Pero Jesús María percibe que Soledad ya no está más en la acera, percibe que ella cerró la puerta en silencio y se fue para adentro.
 
Jesús María está ciego desde hace mucho tiempo. Desde una noche de verano en que le pusieron acetona o ácido de batería o algún otro líquido grueso en los ojos pensando que se trataba de colirio. Aquello quemó como si le hubiesen metido los dedos y las manos con las uñas por dentro de las vistas y le hubiesen arrancado los ojos junto con pedazos de los sesos y de las tripas. Fue una aflicción imposible de contar, de no poder siquiera gritar, de estirar el cuerpo en la cama como una tabla, de sólo mover las puntas de los pies. No hubo compresa ni ungüento que le valiese. Lo último que Jesús María vio, después de un rostro con bigotes y del pico del cuentagotas, fue su propio pestañeo.
 
Continúa la radio: "...importancia de estas fechas. Porque Jesucristo vivió, murió y resucitó por nosotros los hombres, por cada persona humana. Cuando permitió que le martirizaran y mataran, lo hizo para pagar por las faltas de cada uno de nosotros, también por las que cometiste tú, oyente".
 
Jesús María había trabajado hasta al oscurecer con otros dos peones en una labranza. Era ya noche alta cuando llegaron de vuelta a las casas. Había cascarudos y mariposas en cantidad en torno de los focos de luz. Hacía un calor bárbaro. Los cuerpos estaban sudorosos y cansados. Él, con las manos sucias, se restregó los ojos; los ojos empezaron a arder. Entonces cayó en el disparate de decir que se había quemado las vistas con las manos sucias de abono. Por eso se les ocurrió aquello de echarle el colirio.
 
Ahora vive midiendo sus pasos, tocando las cosas, palpando, vive de sonidos y olores, y de la memoria iluminada por todos los blancos, colorida por todos los azules y dorada por todos los amarillos que viera un día en las banderas desplegadas, en los cielos, en los ríos y en el sol. Vive de la fragancia de los campos y de la entonación de las voces, adivinando todos los tonos de verdes y todos los tipos de rostro que pudo distinguir y que supo identificar.
 
Hace mucho frío. Es mejor cerrar la ventana. Las personas se dirigen al terraplén de la Concordia, allí cerca. El ruido de un carro se distingue claramente de los demás. Pero la radio está diciendo que todo el tránsito de vehículos será desviado y que luego nadie podrá circular por las calles, salvo a pie.
 
Dice la radio: "Es enorme el entusiasmo que está provocando esta histórica e importante visita a nuestro departamento. Acá, en la explanada de la Concordia, desde donde Juan Pablo II hablará a nuestro pueblo, hay ya una innumerable muchedumbre".
 
El Papa vendrá en un palanquín, cargado en brazos como los santos en procesión. La gente rezará el rosario entre avemarías y padrenuestros. Habrá lisiados y enfermos a la espera de un milagro.
 
Jesús María hace fuerza para imaginar al Papa sin los anteojos de Pío XII, hace fuerza por verlo como viera a Nuestro Señor de los Pasos llevado al encuentro de la Virgen. Jesús María piensa en los desengañados de toda suerte, en gente cargada en catre, llevada en brazos, gente de muletas, sillas de ruedas, mancos, mutilados, sordos, mudos, gangosos... Y no piensa en milagro.
 
Los ojos sin luz habían sido corroídos, habían sido carcomidos, y ya no existía en ellos una mínima chispa que por milagro les restituyese los brillos y colores, las formas que poblaban su mundo de recuerdos y de sueños y que eran, al mismo tiempo, consuelo y desesperanza.
 
Vivía en la certeza de que sólo la memoria le permitía ver, vivía en el miedo de que se apagase esa memoria que le enseñara definitivamente a mirar hacia atrás; vivía seguro de que la imaginación también le permitía ver - pero temía que incluso ella se fuese, la imaginación que le daba la alegría de mirar adelante. Con todo, el miedo mayor que lo acuciaba y que no confiaba a nadie - ni podía explicar por qué lo tenía -, era el miedo de un día ya no poder ver, sin los recuerdos y los sueños con que veía nítidamente todo.
 
La radio avisa que el Papa llegará dentro de cinco minutos; anuncia el coro y la orquesta municipal. Una voz desgañitada, la conocida voz de Sergio Sánchez, de CW 53, comienza a gritar:
 
¡Juan/paaa/bloa/mii/go//elpuee/bloes/tá/con/tiii/go!
 
Mucha gente repite en coro:
 
¡Juan/paaa/bloa/mii/go//elpuee/bloes/tá/con/tiii/go!
 
Antes de cinco minutos Soledad llamará en la ventana como sólo ella sabe llamar. Jesús María abrirá la ventana y se desbrozará hacia la calle en la renovada mañana de poca gente y ningún barullo; traerá la radio para que Soledad la comparta con él como en las tardes de fútbol y en las noches de radioteatro. Y quedarán los dos sabiéndolo todo; ella riendo, riendo mucho; y él allí, muy cercano a ella.
 
La radio dirá: "Juan Pablo viene a nosotros".
 
Dirá Juan Pablo II: "Que Dios bendiga sus hogares cristianos donde reina el amor y la paz".
 
Soledad no dirá nada. Quedará quieta. Luego estrechará fuertemente el brazo de Jesús María, sollozando.
 
Jesús María va, inquieto, hasta la ventana. Ya nadie pasa, cesó todo movimiento, sólo se oye la radio y unas voces muy distantes.
 
El Papa está llegando a la explanada de la Concordia.

 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
© Aldyr Garcia Schlee
Conto publicado originalmente no livro El día en que el Papa fue a Melo, em 1991, pela Ediciones de la Banda Oriental, de Montevideo Uruguay. Foi vertido ao português pelo próprio autor e editado no Brasil pela Editora Mercado Aberto, de Porto Alegre RS Brasil, em 1999.
Ilustração de Pablo Benavídez, Escenas Cotidianas - Desenho a tinta china e gouache sobre cartão.
publicado por ardotempo às 00:14 | Adicionar